Se puede argumentar que Sir Colin Davis consideraba que esta orquesta, la London Symphony Orchestra, era su hogar en vez de la Royal Opera; es cierto que la mayoría de sus apariciones en los últimos años habían sido acá, en el Barbican. Pero no dejó de involucrarse en crear música con la juventud en ningún momento, así que era apropiado y justo que el concierto empezase con músicos estudiantes de la Royal Academy (donde en 2011 le oí conducir Béatric et Bénédict) y el Guildhall.

Tal como Jonathan Freeman-Attwood, Director de la RAM, dijo en uno de los muchos programas de homenaje, “Dentro de los grandes y respetados conductores de música británica del siglo pasado, dudo que haya habido alguien más comprometido a alimentar músicos jóvenes que Sir Colin.” El Festmusik der Stadt Wien compuesto por Strauss en 1943 podría haber parecido una opción rara en el papel como apertura, pero permitió reunir a un buen número de músicos jóvenes y ofrecer un trompeteo decididamente superior y eminentemente musical a lo que era tanto una celebración como memorial.

Joseph Wolfe, hijo de Sir Colin, condució Le Corsaire. Supongo que es innecesario recordar a nadie que Sir Colin apoyó más que nadie a Berlioz ya fuese durante su vida o después de su vida. Hacer “crítica” de estas actuaciones como si fueran un concierto “normal” sería más bien no darse cuenta de la gracia en vez de hacer algo equivocado. Wolfe quizás apresuró la apertura y fue más tranquilo con el resto de secciones de lo que su padre hubiese esperado -aunque, realmente, quién sabe? No se trataba de que el músico imitase a su predecesor- pero Sir Colin era de todo salvo un megalomaníaco que hubiese insistido que sólo había una forma “correcta” de hacer algo.

Se hizo honor a Berlioz, ya que estuvo en la última actuación de Sir Colin con el LSO y el London Symphony Chorus, una interpretación inolvidable del “Réquiem” de Mozart. Se podía palmar la electricidad de dedicación de una orquesta que, sin duda, había amado una figura paternal y, por encima de todo, un músico como ellos.

Sir Colin Davis

Nikolaj Znaider, autor de otro programa de dedicatoria emocionante, se apuntó a la orquesta para interpretar el 3rd Concierto de Violín de Mozart. Él y Sir Colin habían planeado varios conciertos juntos; y, de hecho, estaba planeado que esta noche hubiese ofrecido una interpretación de las grandes sinfonías “Gran” C de Schubert y el Concierto en Violín de Mendelssohn. También habían planeado explorar Mozart. Habían algunos puntos ocasionales donde uno habría soltado un largo suspiro, sabiendo que había un momento complicado que habría sido ejecutado diestramente por el Mozartian más hábil des de, por lo menos, Karl Böhm.

Pero hay que recordar que la gracia estaba en alegrarse de esta habilidad nueva y fresca. Znaider sacó de la LSO una respuesta crujiente y a veces afectuosa a la melodía vernal de Mozart, especialmente durante una versión suave y adorable del movimiento lento, y su sensibilidad como solista era perfecta. La interpretación, pero, no se salvó de la habitual melancolía, como mínimo en términos de respuesta, porque si todos echamos de menos a Sir Colin en las obras de Berlioz, lo echaremos a faltar mucho más en las de Mozart. Quién, de entre los que quedan, es apto para ejecutar esta tarea musical, la más difícil y más crucial de todos? No muchos. Tal como Znaider dijo, “Mi estilo está limitado sin mi mentor, padre musical y mejor amigo.”

En ciertos aspectos, la interpretación más increíble de todos vino después del descanso. La LSO, sin conductor, dirigidos por Gordan Nikolitch, tocó la Octava Sinfonía de Beethoven, otra obra adorada por Sir Colin. Los músicos no fueron tan estúpidos como intentar replicar una lectura Devis; su espíritu, sin embargo, parecía estar presente. Podría haber habido un momento de brusquedad de vez en cuando que no habría ocurrido si él hubiera estado vigilando, pero en una actuación sin conductor uno no puede esperarse que se les dé tan bien como si alguien — como mínimo, alguien que supiese lo que hace — hubiese estado en el podio. Encanto, humor, fuerza, comandamiento formal: todas ellas eran virtudes de las interpretaciones de Sir Colin y todas estaban presentes. Uno no puede imaginarse nada más impactante que esto como homenaje a lo que había conseguido con su orquesta.

El gran Colin Davis

O eso parecía hasta que llegamos al Nänie de Brahm. Znaider dirigió la LSO, junto con la LSC, para crear una actuación verdaderamente emocional. Sus consolaciones, que no eran fáciles pero realistas, hacía que uno pensara en el Réquiem Alemán, apropiada para un agnóstico que, en su mejor parte, era espiritual, en vez de el sentido contemporáneo y envilecido. Las armonías de Brahm hablaban de algo numinoso, y su organización hablaba de que podía conseguir hacer los mortales. Esta es música que deberíamos escuchar más a menudo y sobre todo si se hace con tal distinción.

Como extra del programa, Wolfe volvió a conducir una versión tierna del Sospiri de Elgar. Era una obra que Sir Colin había descubierto poco antes de su muerte. Había expresado el deseo de conducirla, pero le dijo a su hijo que, si no pudiese, que lo hiciese él. La dulzura del vibrato de la LSO, la pasión y la nobleza totalmente inglesa de su actuación decían sobradamente todo lo que se tenía que decir. Una vez acabados, la LSO nos invitó a todos a tomar un soplo de whisky — la bebida favorita de Sir Colin post-concierto — en homenaje a él. Un logro no que no hay que ignorar de esta dedicatoria es que creó una verdadera sensación de comunidad después del concierto en vez del típico dispersarse en la jungla de cemento del Barbican. Según Sally Matthews, “Colin seguirá viviendo e inspirando.”

Raquel

Raquel

Periodista hasta la médula. Amante de lo que es ya el antiguo Periodismo, el de las máquinas de escribir, combino esta pasión con la de recoger instantáneas. Vomito creatividad en @positivocultura y divago sobre Mkt de contenidos
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