Echo de menos perderme dentro los álbumes de Sigur Rós. Echo de menos serpentear caminos oscuros, guiado solamente por un piano sin rumbo fijo y el falsetto temblante de Jónsi Birgisson, sin saber dónde o cuándo volveré a ver el sol. Es una sensación que no he disfrutado desde el () de 2002, un álbum sin palabras que contenía tristeza, furia, solitud y confusión por igual. Desde entonces, los niños bonitos del post-rock islandés han tomado el hábito de ejercer una catarsis desenfrenada.

Imagen del tema Brenninsteinn

Después de Valtari en 2012, álbum de combustión demasiado lenta, Sigur Rós se deshizo de su teclista y volvió a sumergirse en el estudio. Su séptimo LP, Kveikur llega después del período de gestación más corto de todos los álbumes de Sigur Rós. Quizás fue incubado como pieza acompañante de Valtari, pero es más fácil escucharlo como una reacción a las críticas que orbitan alrededor de la banda desde hace un tiempo – que han cambiado su músculo por vapor. Kveikur sube de nivel, salta fuera del charco y se inyecta cafeína directa en vena. Un auténtico puñetazo a la languidez de Valtari.

Sigur Rós va un paso más allá en este matrimonio entre música y película que tienen montado, reclutando artistas para ilustrar cada pista de Valtari. La verdad, pero, es que Kveikur no necesita visuales para mantener la atención. Después de 22 segundos de feedback amiláceo, Brennisteinn empieza a retumbar con ráfagas de “doom bass” difusos – un atrevimiento que sorprendió incluso a los que ya habían catalogado la banda como música de ambiente pasada de moda. El título de la canción significa “azufre”, y los tambores, cuerdas y guitarras aportan su parte del fuego. Pero si esto es el Infierno imaginado por Sigur Rós, no nos quedaremos mucho tiempo. Birgisson nos eleva desde bajo tierra, su voz volando hasta el cielo. Que no le toquen los demonios que viven ahí abajo.

La canción que da título al disco es la que se aproxima más a la oscuridad insinuada en los primeros momentos de “Brennisteinn”. Esto es lo más metálico que Sigur Rós ha sonado (y probablemente sonará), una especie de Mastodon mezclado con chicos del coro. Ya con el tanque lleno, los tambores conducen “Kveikur” hacia un peligro invisible mientras ese tono de bajo se hace notar. Birgisson suena como si estuviera avisando de lejos, pero no se mezcla con el peso de la canción. Es casi como si fuese inmune a su propia banda.

Puede que se trague algunas texturas furiosas, pero Kveikur no es un álbum precisamente oscuro. Las melodías vocales contrarrestan los gruñidos más ásperos mientras Birgisson hace un circuito a través de formas de notas mayores bien afinadas. Suena como si estuviese volando millas por encima del resto del álbum, sin rumiar en la valiente instrumentación. Es raro, porque sabemos que Sigur Rós puede escribir excursiones excelentes a través de la oscuridad. Incluso los que se aburrieron con el lado dulce de () acabaron retorciéndose con su lado agrio. Los picos se cernían como volcanes humeantes, no una foto de postal. Y no necesitabas hablar Islandés para saber qué quería decir Birgisson en los lamentos finales de “Ny Batteri”. La letra, distante y desolada, sonaba a “solo de nuevo” en cualquier idioma.

En su mejor momento, Kveikur transtorna con su creativo uso de textura y percusión. “Hraftinna” hace crujir sus cadenas por ahí como una fila de prisioneros fantasmas, mientras que “Stormur” suena picado con campanadas de viento enormes. Tan orgánico como siempre, Sigur Rós parece haber recibido algunas pistas de la electrónica. Hay momentos en Kveikur que suenan como electro-pop hecho con un trío de rock y una orquesta. La forma en que la canción titular eyecta su peso en el core evoca al Depeche Mode reciente, mientras que “Hrafntinna” tiembla como un ritmo Sun Glitters.

Sigur Rós- Kveikur

Sea lo que sea que sacan de otros géneros, Sigur Rós sigue llenando su propio molde. Puede que esté chapado en una nueva textura, pero Kveikur es, sin duda, una obra de Sigur Rós. Se sale del sonambulismo de Valtari para encontrarse con un nuevo problema: Kveikur carece de paciencia. Cada canción se lanza de cabeza hacia el próximo clímax, a través de ritmos familiares a un paso nuevo y brusco.

A pesar de ser energizado, Kveikur no se sale de la zona de seguridad de Sigur Rós. Esos que han seguido a la banda por los mismos caminos durante años podrán hacerlo de nuevo felizmente. Pero los que están hambrientos para los matorrales de Ágaetis byrjun o la tundra embrujada de Von no encontrarán nuevos puntos de referencia aquí. Este es un espacio oscuro, caliente y seguro para Sigur Rós y sus devotos. No creas que te vas a perder por el camino.

Raquel

Raquel

Periodista hasta la médula. Amante de lo que es ya el antiguo Periodismo, el de las máquinas de escribir, combino esta pasión con la de recoger instantáneas. Vomito creatividad en @positivocultura y divago sobre Mkt de contenidos
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